Hubo un tiempo
en que el agua me llegaba al cuello,
las olas del pasado pesaban,
las piedras me enredaban el pelo
y el silencio hacía eco en mi pecho.
Sentí, a veces,
que mi destino era la caída,
que la tristeza era un río salvaje sin orillas.
Pero no.
Yo no soy Ofelia.
Soy la mujer
que sale del agua.
La que respira hondo
y vuelve a levantarse.
La que cambia su historia
con las manos firmes
y el corazón ardiendo.
Soy la que sueña
con un ático lleno de luz,
con mis hijos vivos de risa,
con un trabajo que llene mi corazón,
con mis perros dormidos en el regazo,
con Pope guardando mi alma
con cada pequeño latido.
Porque por fin entendí
que no estaba destinada a hundirme.
Estoy destinada a renacer
una y otra vez.
A brillar incluso
cuando el agua me cubra los pies.
