Te vi de lejos.
En la farmacia de mi barrio, justo al lado de la clínica veterinaria que me recomendaste, probablemente comprando algo para el perrito con el que siempre te veo en fotos.
Fue solo un destello, pero supe que eras tú por el vuelco que me dio el corazón.
Tú-tum.
No pude hacer otra cosa que observarte desde el otro lado del cristal.
Tus ojos seguían siendo increíblemente verdes y redondos, pero tenían un poso de tristeza en ellos que antes no estaba.
La sonrisa no te subía de los labios a la mirada, las puertas automáticas se abrieron y te escuché hablar con esa exquisita amabilidad con la que siempre tratas a todo el mundo.
A ti, que te han roto en mil pedazos, y uno de ellos fui yo. Siempre pagando bien por mal, aunque el mundo no lo merezca.
Tu melena larga caía despreocupada por tu espalda, llegando a la cintura, ahora con un tono rojizo, que te daba un aire a una criatura de fuego. Cuántas veces hice un ovillo con tu melena entre mis dedos y me perdí en la rendición de tus ojos brillantes.
Tu cara, redonda y siempre aniñada, ni un día parecía haber pasado por ella desde que no nos vemos, pero el surco levemente oscuro sobre tus carnosas mejillas me dijo que las preocupaciones no te dejaban dormir como debías.
Ojalá poder dibujar corazones en tu espalda mientras contamos estrellas para dormir.
La piel tan blanca como siempre, pero surcada de coloridos tatuajes que no hacían más que destacar su palidez y tus lunares. Cuántas veces los recorrí con mis dedos, ¿quién te besaba esos dibujos ahora?
Tu cuerpo, abrazado por un vestido blanco etéreo, se llenaba de redondeces en las zonas adecuadas. Por tu forma de tirarte de la cintura, sentí que lo odiabas, te imaginé mirándote al espejo tras dejarte la piel entrenando, como tantas veces te vi, y sintiendo que no eres suficiente.
Claro que lo eres .
Joder, pero si eres tan bonita que me duele mirarte, en el vórtice perfecto entre mi corazón y mi entrepierna, entre los secretos que solo tú sabes y las marcas que dejé en tu piel.
Eres demasiado.
Demasiada vida, demasiada alegría, demasiada risa que se escapa de tus pequeños labios rosados, demasiada compasión en un mundo cruel, demasiado valiente para un cobarde como yo.
Te lo dije, solo tú me habías visto por dentro y no saliste corriendo, sino que abrazaste mis pedazos más oscuros y suspiraste en mi cuello.
Te contemplé una vez más mientras esperabas el producto y pude sentir en tus hombros el peso del mundo, el hartazgo, las ganas de llorar hasta quedarte dormida, abrazada a alguien que esté a la altura de tu fuego.
Pero yo no soy ese alguien, y solo pude darme la vuelta antes de que me vieras, pronunciases mi nombre y no tuviera más remedio que abrazarte y no soltarte jamás.